miércoles, 27 de julio de 2016

No solicitado

Quizá no soy un guitarrista solicitado porque ser un profesional de la música no es lo que imaginaba de mí mismo, en los primeros años, cuando la pasión por tocar era como un torrente caliente que inundaba mis emociones y, literalmente, golpeaba las paredes interiores de mis órganos nobles (aquí cada cual tiene una escala de valores).

Me pintaba triunfando como una estrella transnacional, retratado en las bonitas y llamativas portadas de los LPs y revistas del ramo. La idea de profesión apareció súbita, mientras comenzaba a estudiar música y guitarra.


Imagen de mi primer y único LP
Me apunté a la academia, ahora lo sé, primero por un afán naif y sincero por aprender lo que no lograba descubrir por mí mismo —nunca he sido un gran autodidacta; y segundo, porque no había otra manera de tener una guitarra eléctrica en mis manos con un ampli con distorsión que pudiera enchufar al menos un rato a la semana.

Por circunstancias graciosas y poco saludables aprendía cada vez más, pero de manera caótica, y según mejoraba como guitarrista la confianza en mi mismo menguaba, y, por tanto, lo achacaba a la falta de conocimiento. La espiral del esfuerzo mal gestionado y el cambio de perspectivas se naturalizó... Mientras, lo que imaginaba para mi futuro cercano seguía pintado como un fresco en la bóveda de mi memoria: Admirar pero sin tocar.




Con el andar y el practicar a mi manera peculiar, perezosa y emocionada todavía ansiosa y reconfortante a veces, he llegado a ser un buen artesano, creo, pero no muy rentable.
Un profesional poco rentable quizá porque esa pintura maravillosa y ensoñadora que tamizaba mi visión futura, hubo un tiempo que estuvo bajo una capa de llana nueva (esta profesión). Una capa de yeso que por ese período me permitió centrar mi objetivo en ganarme la vida más o menos fácilmente tocando otras músicas de otras gentes para otras gentes. Una capa que, por la actividad molecular incesante de la pintura original que se mantuvo oculta pero no destruida, ni duró ni captó mi entusiasmo, y se acabó resquebrajando.

Muy poco a poco, lasca por lasca, el yeso cae y los colores se dejan admirar de nuevo; y aunque ya no soy el mismo chaval impetuoso, perezoso y emocionado... sí lo soy. De otra manera, quizás más apropiada pues me permite confiar más en lo bueno que imagino y, casi ya, desenmascarar a los delirios.
La conclusión sosegada que ha enraizado y que crece hermosa en mi ánimo, es que no soy un guitarrista solicitado porque nunca quise realmente ser un profesional de la guitarra. Soñaba con formar parte de una banda y vivir de nuestra música.

La preparación y estudio de estos años era para ese fin. Ser un «pro» fue un bonito delirio, una excusa pragmática, una razón para dejar los estudios convencionales y aplacar las rabias propias y de familia. Realmente no me he sentido nunca en calma, ni bien recibido, en la lucha y reparto que se genera en nuestro gremio.

Soy guitarrista y músico por ese sueño primordial y emocionante, lo demás han sido circunstancias que me han permitido vivir bien (normalito) para seguir admirando mi querida pintura, hasta hoy. Con una diferencia:

Ahora me gano la paga como «artesano-profesor» y sí puedo tocar; no solo mirar...

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